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SEGUNDA LLAVE: LA TRANSFORMACIÓN, Un camino interior hacia la fraternidad
En el año 552 dos monjes bernardos, mandados por el emperador Justiniano, marcharon a Serinda y Constantinopla, trayendo escondidos en el hueco de sus báculos de bambú huevos del Bombyx Mori, vulgarmente conocido como gusano de seda. Pronto divulgaron el secreto de su cría, que se introdujo en Bizancio, primero, y en Grecia, después. Y, aunque se atribuye a los godos la importación de la industria de la seda en España, parece ser que fueron, posteriormente, los árabes quienes la propagaron, en el siglo VIII, en todo su vasto Imperio, desde el Cáucaso hasta Al-Ándalus (España). Tan observadora como el emperador Si-hing-chi, al que se atribuye la invención del arte de criar los gusanos de seda, en China, el 2698 a.C., fue Teresa de Cepeda. Menos interesada en la seda que el emperador, y más en la metamorfosis que experimenta este invertebrado, utilizó de su ciclo vital para plasmar una de la imágenes más bellas de la transformación (Moradas V, 2). Esta mañana describíamos la contemplación como un camino de transformación. Pero, ¿cómo aparece la transformación en el RIVC 2000 y qué papel juega la comunidad local en este proceso? 1.- Metanoia, epistrofé, metamorfosis. A lo largo de la Ratio aparece toda una constelación de términos en torno al campo semántico de la transformación (vuelta, retorno, conversión, reorientación, etc.). "En nuestro camino hacia el Monte, Dios nos conduce al desierto, como hizo el profeta Elías. Allí la llama viva del amor de Dios nos transforma, quitándonos todo lo que no es suyo y oscurece su don. Ella hace emerger y resplandecer en nosotros el hombre nuevo a imagen de Cristo" (RIVC 1). La Biblia, al igual que la RIVC, también está llena de imágenes y términos que nos hablan de transformación (cf. RIVC 27). Metanoia, en la Escritura se usa para significar "cambio de mente", de ideas, de conducta..., otras veces, quizá desafortunadamente, ha sido traducido por "arrepentimiento". La metanoia es una especie de cirugía interna "mental", en profundidad, para extirpar adhesiones desordenadas, que el ser humano tiene la rara habilidad de reducir con frecuencia a una pura cirugía estética exterior. Epistrofé, se ha traducido normalmente por "vuelta, cambio de rumbo, retorno", orientación consciente y visible de la voluntad, y, con ella, de toda la persona. En ocasiones la misma Biblia solapa los contornos de ambos términos; en otras los yuxtapone como componentes inseparables de una misma realidad: "convertíos y volveos a Dios" (Hch 3, 19; 26, 29). Este volverse comporta cambios, no sólo exteriores, sino en lo profundo. Metamorfosis se ha traducido por transformación. Un concepto poco estudiado. Como constató nuestro hermano K. Waaijman, en la tradición espiritual, el término trans-formación acentúa especialmente el hecho de la transición más que la forma: "cuando una forma alcanza su estado más perfecto, inmediatamente cambia su forma otra vez, como una flor. El momento en que llega a su madurez, comienza a marchitarse, y la antigua forma que pierde su apariencia es también el momento en el que brota otra nueva". De aquí que, según este concepto, todo esté en continua transición (personas, cosas y estructuras). La desaparición de una forma concreta, es en el fondo el surgimiento de otra nueva. El mismo K. Waaijman en un artículo muy interesante que se publicó en 1998, distinguía cinco niveles de transformación en la tradición espiritual: 1) T. en Creación; 2) T. por Reforma; 3) T. por Conformación; 4) T. por Amor; 5) T. en Gloria. Si bien es cierto que Dios es el agente directo que nos crea, nos reforma, nos conforma, nos ama y nos glorifica, me parece que es en el nivel T2 (transformación como reforma), donde los hermanos, aunque no son agentes directos, sí ayudan y son instrumentos en manos de Dios para realizar en nosotros la gran obra de la transformación. Ellos son los primeros que intentan tirar de la hebra para deshacer en nosotros aquello que está equivocado. Otra cosa es que nosotros nos dejemos deshacer. No ignoraremos los otros niveles, por supuesto, pues todos están interconectados como iremos viendo, pero nos centraremos en éste. 2.- ¿De quién a Quién? Te preguntarás de qué a qué nos vamos a transformar. De entrada la Ratio corrige la pregunta y la replantea. Si no queremos quedarnos en la superficie, ni evadirnos de la realidad, la pregunta no es "¿de qué a qué hemos de cambiar?" sino, más bien, "¿de quién a Quién?". Fundamentalmente se trata de transformación en Cristo. Por eso en la Ratio se habla muchas veces de transformación como conformación a Cristo para llegar a la unión con Dios (cf. RIVC 5; 6; 24; 25; 26, etc.). Convertirse no es organizar una mudanza, como se organiza un cambio de utillaje, de muebles o de casa. La transformación no es un asunto de exteriores. Y, mucho menos, algo inducido por violencia o voluntarismo. Precisamente, porque muchas veces la hemos concebido como una forma de voluntarismo sobre aspectos externos y de imagen, nuestros "cambios" no duran. Se nos debilitan, desgastan y hasta difuminan rápidamente. Como transformación, resultan ser una chapuza, que hay que volver a repasar en cada momento. La RIVC 16 considera que la formación carmelita debe ayudar a la libertad a ir más allá de la propia vida, los intereses, el propio yo egoísta y las necesidades personales. ¿Quién es ese "yo egoísta" y qué son esas "necesidades personales"? 3.- El "falso yo". El primer nivel de transformación (T. en Creación), pasar del "no ser" al "ser", es una gracia que nos viene dada. En este nivel de la creación no se necesitaba de la conversión. Sin embargo una vez salidos de la manos de Dios, el "falso yo" empieza a resistirse a la acción de Dios. S. Juan de la Cruz nos ayuda a entenderlo. Dice él que si difícil le resultó a Dios crear al hombre de la nada, mucho más difícil le resulta recrearlo. Pues la nada no ofreció resistencia al Creador, y el hombre sí. El P. Joseph Chalmers afirmaba recientemente que "hay un hambre profunda en el corazón del hombre. Nada basta. Siempre buscamos algo más. La tragedia de la existencia humana se traduce en un intento frustrado por saciar el hambre y la sed con todo aquello que no es Dios. Estas cosas pueden satisfacernos durante un tiempo, pero no para siempre. Fuimos creados para caminar con Dios en el paraíso. La tarea de la transformación consiste en el misterio de la cooperación humana en la obra de Dios. La gloria de Dios es el hombre o la mujer transformados". En el hombre habita lo que en términos bíblicos hemos llamado siempre "hombre viejo. Lo que realmente envejece a un carmelita es el pecado más que los años (cf. RIVC 10). No hay que ser demasiado agudo para caer en la cuenta, que nacemos como decía el santo de Fontiveros, dañados, con una cierta pobreza en la condición humana. Los escritores bíblicos llamaron a esta condición "caída", y atribuyeron todos los problemas del mundo al pecado del hombre. Sea cual sea la razón, ciertamente, hay algo que no está bien. Es el sentimiento profundo de que algo raro inhabita en mí (cf. Rom 7, 15-24: "Mi proceder no lo comprendo"). El pecado engendra en nosotros el "sufrimiento" al disorciarnos y descubrirnos al margen del Amor de Dios. Esto nos lleva a alienarnos de nuestro yo, construyendo un "falso yo" que nos hace sentir mal, ansiosos, culpables, avergonzados e inferiores a causa de nuestra desnudez humana (cf. Gn 3, 10). Uno no sufre porque sea guapo o feo, blanco o negro, joven o viejo, listo o tonto, porque sea europeo o africano. Uno sufre por el pecado-deformación que anida en el hombre que se resiste a entrar en la voluntad de Dios y se come cien mil veces la manzana de Eva y, con ella, el engaño y la mentira: "Dios no te quiere, porque no hace bien las cosas". "Yo lo haría mejor si fuera el Creador, que me dejen a mí y verás...". "Vaya porquería de comunidad que me ha tocado...". "Todos se equivocan". Y, he aquí, aquí empezamos a tener una imagen distorsionada de la realidad y acabamos por interpretar equivocadamente al mundo, a los hermanos y a nosotros mismos. Un león que nos susurra cada mañana al oído que todo es mediocre y cutre. El principal enemigo, intuimos según la RIVC, no es el hermano, ni nuestra comunidad, ni la Orden, sino un hombre viejo, resentido, no reconciliado que no se soporta y que lo llevamos clavado muy dentro. "El "falso yo" es, sencillamente, el resultado de un intento de autosalvación que intenta sustituir la acción salvadora de Dios. Ese sí que nos hace la vida imposible y nos dinamita. Pero, ¿por qué? ¿Qué rayos busca este "falso yo"? Este "falso yo", buscar saciar sus necesidades vitales. Porque no olvidemos que el hombre viejo también necesita alimentarse. ¿Cuáles son? 4.- Necesidades: afecto, supervivencia y control. En su libro A Deeper Love, publicado en 1998 el P. General apunta que nacemos con ciertos instintos naturales que, con los años, tienden a convertirse en apetitos voraces. En esta carrera para que ver quien hace más acopio de estas necesidades el hombre viejo que anida en nosotros pasa por encima de cualquier obstáculo que se le presente, y la competencia es durísima porque todos buscamos lo mismo. Por ejemplo, nacemos con la necesidad de ser amados. Esto se puede convertir fácilmente en una exigencia, en la que todo el mundo tiene que cuidar de nosotros y responder rápidamente a nuestras peticiones. Hay una parte egoísta en cada ser humano que, desenfrenada, aprisiona nuestras vidas. Los seres humanos buscamos ser amados incondicionalmente, infinitamente, pero sólo Dios puede darnos este amor que ansiamos. Nadie, ni nada puede estar a la altura de esta necesidad. La estrategia que sigue normalmente nuestro hombre viejo es siempre la misma, aunque lo ignoremos: agotar y alimentarse de todos los recursos y posibilidades que están a nuestro alcance. Cuando secamos nuestro pozo y agotamos nuestros recursos buscamos en el pozo del hermano, cuando agoto el suyo, el de otro, el de la familia, el de un amigo, el de una mujer que se me cruza, el de mi comunidad, etc. Ya desde la infancia -pues el hombre viejo crece al compás del propio crecimiento personal- hemos sido educados, consciente o inconscientemente, por papá y mamá, para saber qué debemos hacer y qué debemos evitar para ser amados. ¡Es terrible la mendicidad que tenemos, en este sentido señalado, en nuestros conventos! Dirá S. Juan de la Cruz que en el corazón del hombre no puede darse nunca el vacío, la cuestión es de qué está lleno. El corazón humano es una caverna inmensa en la que cabe de todo, pero está hecho para Dios, y sólo Dios puede satisfacerlo plenamente. Jamás logramos llenar esta "caverna profunda de los sentidos", que dice S. Juan de la Cruz, no se llena con menos de infinito. Estas necesidades que buscamos todos son finitas, no llenan la caverna. ¿Cómo desasirse de todo esto? La única solución es que nos muestren lo mejor. Dirá S. Juan de la Cruz que es inútil que una madre corrija a su hijo dirigiéndole un gran discurso y diciéndole repetidamente que suelte lo que tiene entre las manos porque no es bueno y acabará haciéndose daño. Apuntará el santo: es mejor mostrarle, enseñarle al niño lo que es mejor, y casi sin esfuerzo, soltará inmediatamente aquello a lo que está abrazado y tomará lo otro. "...Como al niño que, por desembarazarle la mano de una cosa, se la ocupan con otra para que no llore dejándole las manos vacías". (3 S 39, 1). Sólo el amor de Dios, su búsqueda, puede atraer poderosamente nuestra atención y provocar el desprendimiento de estas necesidades. Otras necesidades son la de supervivencia y la de control. Si a lo largo de la vida experimentamos el "gustirrinín" que nos dan las seguridades y el poder controlar, y el sentimiento de malestar que se levanta cuando las perdemos, constantemente recurriremos a ellas, por sutiles que sean, en aquellos momentos que Dios no llene nuestras expectativas. Llámale padre, madre, hermano, hermana, dinero, tierra, fama, mi oficio de prior, inteligencia, estudios, cultura, mi bondad reconocida entre las hermanos, mi capacidad de trabajo, etc. Da igual las dimensiones, lo que no cabe duda es que si no se quiebran uno no puede ser libre. Es elocuente y expresivo el ejemplo que pone S. Juan de la Cruz: "Porque da lo mismo que un ave esté asida a un hilo delgado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrase para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar, pero por fácil que es, si no le quiebra, no volará. Y así es el alma que tiene asimiento a alguna cosa" (1 S 11, 4). Lo que es cierto es que tenemos un corazón de "chicle" que se pega a todo y constantemente está fabricando ídolos. Es decir, sucedáneos de Dios. Unos más evidentes, y que fácilmente localizamos, como son el elenco que hemos descrito antes (padre, madre...), y hay otros igualmente de escandalosos, pero más difíciles de descubrir por el ropaje religioso en que se nos presentan (comportamientos y prácticas religiosas que se convierten en fines y desplazan la meta que es la unión con Dios, etc.). De aquí que Sta. Teresa hable del "desasimiento de todo lo criado" (C 3, 4), por más santo que nos parezca. Hay varias maneras de describir y explicar este virus que llamamos "falso yo". El "falso yo" es la amalgama de todas estas necesidades de afecto, de supervivencia y de control para su satisfacción. Si el "falso yo" es desalojado de una forma concreta de existencia, éste sencillamente se acomoda como un camaleón a las nuevas circunstancias. Da igual quien seas, cura, monja, fraile, General o Papa; aquí nadie está libre de sus garras. Cuanto más religioso es el disfraz más difícil resulta descubrirlo pues se arropa en toda clase de servicios y prácticas religiosas. ¿Cómo darle caza? En primer lugar reconocer que nadie está libre de estos zarpazos. Es cierto que podríamos alcanzar la unión con Dios directamente a través de la transformación en el amor y la gloria. Pero, por lo general, todo este bagaje pesadísimo que llevamos en las espaldas nos agota y nos hace revolvernos como una lagartija cuando alguien se acerca e intenta tirar del hilo y activar en nosotros la tarea de la transformación. Normalmente son los hermanos, los más cercanos -la comunidad local-, los que nos advierten de lo equivocada de nuestra situación. El hombre viejo nos engaña haciéndonos creer que ellos son la amenaza porque intentan arrebatarnos nuestra felicidad. Este nocivo virus del hombre viejo necesita ser controlado en el laboratorio de la fe, sintetizando una enzima que desencadene una reacción que cambie y transforme cada una de nuestras células: nosotros lo hemos llamado contemplación. 5.- Emociones y sentimientos al servicio de la fraternidad. Los hermanos nos ayudan a vislumbrar qué nos está sucediendo y son de gran ayuda en la formación permanente, entendida como dice la Ratio no como una etapa especial de la formación, pues dura la vida entera, sino "el marco dentro del cual se organiza nuestro proceso de formación en todos sus aspectos. De ahí se sigue que la formación permanente es el modo de vivir nuestra identidad carmelita como un proceso continuo de transformación hasta alcanzar la plena madurez en Cristo" (RIVC 114). Con frecuencia no es posible usar la razón para ver lo que está sucediendo, porque el "falso yo" la ha enajenado para apoyar su punto de vista. Nuestros grandes aliados entonces son nuestras emociones, especialmente las dolorosas. Normalmente suelen activarlas los hermanos, que son los que viven con nosotros. Hay que aprender a auscultarse. Admitir lo que sientes: siento enfado por lo que han dicho, alegría por lo que he vivido, me siento mal por esa observación. Estas sensaciones nos revelan, desde lo oculto, dónde están realmente cimentados nuestros valores. Prestemos atención a cómo nos sentimos cuando estamos frente a un desafío, o cuando las cosas no van según nuestros planes, cuando no comparten lo que pensamos. El "falso yo" nos dará razones suficientes para sentirnos ofendidos, para no aceptar lo que alguien está diciendo. Podemos pensar que estamos muy cerca de la santidad, pero nuestras emociones, sobre todo cuando estamos alterados, nos harán reconocer nuestros verdaderos valores. Así, pues, la humildad, que es conocer y aceptar nuestra verdad, es un fundamento vital para el camino espiritual que debe acompañarnos en cada paso del trayecto. El vivir en comunidad puede llevarnos a encontrar algunas dificultades porque mi "falso yo" choca con el "falso yo" de los otros. Tensiones que no se darían si el encontronazo fuese entre un "falso yo" y un "yo verdadero". El hombre revestido de Jesucristo amortiguaría el ataque del hombre viejo y no pasaría nada. El hombre nuevo recibiría el hachazo, pero lo que salpicaría es sangre derramada por amor que perdona. El problema surge como apuntábamos antes cuando se encuentran dos hombres viejos y ninguno ha descubierto que uno no es bueno simplemente porque hace el bien, sino cuando está dispuesto a soportar el mal. Muchas de las dificultades en la vida comunitaria tienen un aspecto positivo, en cuanto nos revelan algo de nuestro propio ser. Pero tenemos que ser muy honrados al considerar que un problema en mi comunidad puede ser simplemente mi problema. Por eso, para evitar engaños en nuestro itinerario hacia la transformación es conveniente llevar un hermano cerca. Dios usa de los hermanos para limar nuestras asperezas. Me contaba un hermano que la vida contemplativa del carmelita es como el cauce de un río. En su nacimiento las piedras están llenas de aristas, pero en su descenso por las pendientes de las montañas, el choque de unas con otras provoca el gran milagro de la transformación: al final del itinerario nuestras rocas, limadas, por el continuo roce en el camino, ya no harán daño a nadie tan sólo acariciarán (cf. Ez). Salvo que se haga un intento serio por abordar el tema del "falso yo", podremos conocer de memoria a todos nuestros místicos, saber de teología la tira, ir todos los días con la Biblia de Jerusalén debajo del brazo, pero, en cambio, la gran lección que nos ofrece vivir en comunidad jamás será aprendida. 6.- Vivir en comunidad sinónimo de dependencia. Vivir en comunidad es sinónimo de dependencia de unos hacia otros. El "falso yo" que vive en comunidad, por lo que hemos expuesto hasta ahora, no soporta demasiado bien la dependencia económica, ideológica, jerárquica, afectiva y busca, en cambio todo tipo de independencia, que se confunde a menudo con la autonomía. Pero esta confusión es fatal. Pues el deseo de autonomía es legítimo. Significa que yo puedo disponer y debo disponer de mí mismo. Pero, lo cierto es que yo no puedo disponer de mí mismo sin depender, en cierto modo de los demás. Jn 15, 15 lo explica bastante bien. "Ya no os llamo siervos sino amigos". Lo contrario a la servidumbre no es la ausencia de dependencia. Al contrario es la dependencia pero cualitativamente distinta, con tintes de amistad. No una dependencia alienante, sino humanizante. En cierta ocasión escuché decir algo que me llamó poderosamente la atención: "Siendo realistas debemos reconocer que, humanamente, nuestras comunidades ganarían en calidad de vida si pudiéramos desprendernos del veinte por ciento de sus miembros (uno de cada cinco sobra en nuestras comunidades)" . Lo malo es que si tuviéramos que hacer el recuento del 20 por ciento que cada uno de los componentes de la comunidad tiraría fuera, lo más seguro es que entrásemos todos en el cómputo, porque al que no nombrase uno lo nombraría otro, y al final resultaría que la comunidad se quedaría vacía. Y, es que este veinte por ciento que sobra, en realidad no sobra, porque no soy quién ha elegido la comunidad, sino el Señor quién nos ha llamado a cada uno por nuestro nombre, para formar una extraña fraternidad, un zoológico con muchas fieras que forman el cuerpo de Cristo. Así se cumplirán los tiempos mesiánicos Is 11, 1-9, donde "serán vecinos el lobo y el cordero y el leopardo se echará con el cabrito... y nadie hará daño a nadie... porque la tierra estará llena del conocimiento del Yahvé". Si así fuera, de nuevo esto sería un gran signo para el mundo. El mundo vería que llevamos las cargas de los otros (cf. Gal 6, 2), que no buscamos nuestro propio interés, sino el de los demás (cf. Flp 2, 4). Una de las pautas para discernir si el proceso avanza es el perdón y la reconciliación diaria. Forma parte del ABC comunitario, sin embargo, el pedir perdón duerme en el baúl de los recuerdos. El hombre viejo no se atreve a rebajarse. ¿Cuántas veces hemos perdido perdón a algún hermano durante nuestra vida? No me refiero a dejar pasar las cosas, por aquello de que el tiempo lo cura todo. ¡No! Pedir perdón. Ponernos por debajo del hermano, sin justificar nada, sin sacar la lista de razones. Aquí no juzga un tribunal civil, que seguramente podría darte la razón, aquí juzga el Evangelio. Queremos que cambien nuestras comunidades, sin embargo, las cosas más sencillas de la vida las hemos olvidado. Preferimos hacer grandes disertaciones y publicar papeles y más papeles, en lugar de fiarnos de las cuatro cosas que el Evangelio, nuestras Constituciones y el sentido común nos ofrecen. Y, después no sabemos cómo renovar nuestras comunidades. Alguien tendrá que empezar. Sólo aceptando lo inaceptable experimentamos el amor de Dios, que nos amó cuando éramos pecadores (cf. Rm 5, 8). Para una persona sensible no hay mayor castigo a una fechoría que la destinataria de la misma responda con amor. El carmelita se "venga" amando. Lo dice S. Pablo "si tu enemigo te pide de comer dale de comer, si te pide de beber dale de beber, así derramarás ascuas sobre su cabeza". El hombre viejo del hermano ofendido está esperando que le pagues con la misma moneda, si le pagas amando lo desconciertas, lo destruyes, lo rompes, destruyes el círculo de mentira y pecado. "Con grandes mercedes castigávades tú mis delitos" (Carta 27). De aquí la importancia, para caminar hacia la cima del Carmelo, de adquirir el olfato del Espíritu: el discernimiento. Otra de las grandes lecciones en que la comunidad local debe ser adiestrada para poder iluminar este camino hacia la unión con Dios.
Salamanca, 8 de Enero de 2003 |