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TERCERA LLAVE: EL DISCERNIMIENTO El arte de permanecer en la opción de Cristo
Un canto o una partitura musical no suena igual en clave de Sol que en clave de Fa, aunque las notas parezcan las mismas. La clave es eso: una "llave" que da a la música una tesitura u otra. La tercera llave que nos permite tener acceso a la comprensión de la RIVC es el "discernimiento".¿Para qué se forma en el Carmelo? Lo dice RIVC 14. Se forma no para adquirir simplemente cultura y conocimientos carmelitas, sino para adquirir la capacidad de "discernimiento", de "adaptación" y de "disponibilidad", cualidades que nos permitan una constante renovación de la vida en el seguimiento de Jesucristo dentro de este estilo de vida carmelita. Una comunidad fraterna necesita de un continuo discernimiento, donde cada uno de los hermanos comprenda que la formación es "una dinámica que durará toda la vida y no como un simple modo de llegar al compromiso definitivo con la Orden. El proceso de formación no puede darse nunca por concluido porque la maduración humana, espiritual, religiosa y carmelita va adelante con la vida misma de la persona que ha conocido a Cristo,... La formación, pues, no se ha de ver como si se tratase de acumular un rico bagaje de ideas, de hábitos o un rígido estilo de vida" (RIVC 14). Como recordaba Casiano: "sin el carisma del discernimiento, ninguna virtud puede subsistir y permanecer firme hasta el final: él es madre y guardián de todas las virtudes". Cada etapa formativa se verifica con el discernimiento. También la formación permanente. El principio y el fundamento del discernimiento, según nuestra RIVC, en la formación permanente, ya no es simplemente la adhesión a Cristo sino "permanecer en la opción de Cristo". Ya no se trata de optar, sino de tomar una "determinada determinación" (C 21, 2) y permanecer en la opción. De aquí que el itinerario de transformación siempre vaya acompañado de una toma de conciencia y una percepción del punto de partida, objetivo, dirección, consecuencias de esta opción, experiencias aprendidas y puntos de referencia respecto al camino emprendido por otros. En la historia de la espiritualidad a este arte de encuentro entre el hombre y Dios se llamó diacrisis, discernimiento. 1.- ¿Qué es cerner? Hoy se usa mucho el término discernimiento, casi se usa para todo. ¿Pero qué es realmente discernimiento? El griego diakrisis, traducido al latín como discretio encierra en sí mismo el significado de separación, diferencia, división en sentido físico. Discernir encierra en su raíz el verbo cerner. El agricultor entendería rápidamente este verbo. En las tareas del campo "cerner" es coger el cedazo y cribar los cereales separando, diferenciando, el grano de la parva. Discernir, por lo tanto, es depositar nuestra vida sobre la criba del Evangelio, agitarla y ver qué se cuela y qué no. Una vez hecha esta operación no se trata simplemente de quedarse contemplando la operación que hemos realizado, sino de distinguir, seleccionar, diferenciar, depurar y elegir. Pero el discernimiento no es sólo para saber, para conocer. Es para decidir. No se puede descubrir la voz de Dios y no optar. Se trata de descubrir la voz del Espíritu, entre las diversas voces, para sintonizar con ella en algo preciso. El discernimiento es algo inherente a la condición humana. 2.- Por esto que acabamos de decir, a lo largo de la RIVC podríamos distinguir básicamente dos momentos importantes en el discernimiento: 1) El primero durante la formación inicial. Los formadores disciernen para ayudar, acompañar, alimentar y evaluar a los candidatos a percibir la llamada de Dios y su acción en las circunstancias concretas de su vida, y a descubrir los senderos por donde el Espíritu Santo los está conduciendo (cf. RIVC 58); 2) En la formación permanente ya no hay formadores, o equipo de formadores, tal como se comprende en la etapa inicial. Quien discierne en este caso es la comunidad. De aquí que el discernimiento sea descrito como un hábito ya adquirido que acompañará a la persona y a la comunidad a lo largo de todo el proceso formativo (cf. RIVC 14; 34; Regla 15). Es cierto que el discernimiento es necesario para los dos momentos. Sin embargo, algo distingue uno del otro. Las primeras etapas de la formación, junto a las verificaciones y decisiones propias, tienen como principal transfondo ayudar a descubrir que "Dios se acomoda a nosotros", como dice S. Juan de la Cruz. ¿Qué significa acomodarse? Lo propio de una persona que nos ama es que "se acomoda", que se hace a nosotros, que nos trata de acuerdo a nuestro carácter, a nuestra condición, a nuestra situación concreta. Y Dios se acomoda a nosotros porque es un buen pedagogo. ¿Cuándo es cómodo un sillón? Cuando se amolda, se ajusta a tus medidas. Si eres flaco, se acomoda a tu osamenta. Si eres gordito, se ajusta a tus michelines. Dios, dirá Juan de la Cruz, no sólo nos "ama", sino que nos "adama". Adamar –él mismo explicará- es amar mucho; "es más que amar simplemente; es como amar duplicadamente" . Dios al amarnos como Dios no nos ama menos que a sí mismo. No podríamos hacer nada para que nos amase más, pero tampoco podríamos hacer nada para que nos amase menos. Nos amó desde el principio, aún cuando halló en nosotros "color moreno" porque previamente nos había mirado imprimiendo en nosotros su gracia. De la misma manera sucede entre nosotros. Muchos dolores de cabeza en nuestras comunidades provienen de esta incapacidad de "adaptación" (cf. RIVC 14), "acomodación" al otro por amor. Cuando San Juan de la Cruz confesaba a las monjas de la Encarnación de Ávila, todos los confesores dicen que se las ganaba enseguida. Le preguntaban: ¿Qué hace con estas monjas que hacen todo lo que Vd. quiere? El Santo les respondía: "Eso es cosa de Dios. Dios ordena que me quieran bien y por eso hacen lo que les digo". En el fondo se acomodaba a ellas. La actitud del discernimiento consistirá en vivir constantemente una relación abierta; es la certidumbre de que lo que cuenta es fijar la mirada en Dios y de que no puedo cerrar el proceso de mi razonamiento sin la posibilidad objetiva de que Dios se pueda hacer oír y pueda hacerme cambiar de idea/mente. Dios porque es Amor se entrega en manos del hombre y el hombre siguiendo sus huellas, se pone en camino confiando en su amor misericordioso hacia la cumbre del Carmelo (cf. RIVC 1). La tentación inicial es vencida al principio por el Amor de Dios que nos amó infinitamente. "El peligro es no entrar en esta transformación por Amor porque nosotros –como Adán- nos sentimos avergonzados del amor incondicional de Dios". Por este motivo esta primera fase del discernimiento es posible cuando se produce en nosotros la acogida de este Amor. ¿Cómo? Siendo iniciados personal y comunitariamente en este ejercicio. Una vez avanzado el proceso de formación, la dificultad reside en "permanecer-perseverar" en la opción inicial. De aquí que el discernimiento sea la herramienta fundamental para que la comunidad siga en camino, dialogando, que es el nuevo nombre de la caridad (cf. Juan Pablo II). El gran problema a veces es que no nos vemos ni para comer y todo esto suena a música celestial. Es muy difícil exigir cambios en nuestras comunidades cuando estas cuestiones elementales de la vida espiritual se han ignorado y no se han tomado en serio. El Prior según la RIVC es custodio y garante de este proyecto común y, por lo tanto, responsable de animar e impulsar que esto pueda darse en la comunidad a pesar, sin duda alguna de las resistencias que ofrecemos los hermanos (cf. RIVC 34). El resultado final es que podemos: a) Abrirnos a la voluntad de Dios. b) Vivir en humildad que es la verdad. c) Sabiendo que nuestra vida, antes que un camino de renuncias, es un camino de opciones en la que elijo lo mejor para mí y para mi comunidad. a) El discernimiento un medio para entrar en la "voluntad de Dios". Discernir sería triturar y tamizar la vida filtrándola a través del cedazo del Evangelio y ver qué se cuela y qué no se cuela. Esto nos ayuda a descubrir quiénes somos, dónde se esconde nuestro "hombre viejo", y se desvelan todos aquellos mecanismos sutiles que, astuta e inconscientemente muchas veces, utilizamos para usurpar y llamar "virtud" a un montón de inconsistencias y afecciones desordenadas que acampan a sus anchas por nuestra existencia. El discernimiento comunitario, posteriormente, en el sentido propio del término, no significará llegar a la elección sumando los discernimientos individuales, sino que la comunidad se reconoce como un organismo vivo, donde las personas que la forman crean una comunión de corazones. El discernimiento comunitario no se mueve en las coordenadas de la evaluación democrática, como los procesos de votación habituales en los parlamentos. La pretensión de la formación carmelita entra de lleno en la voluntad del Padre. Pero, ¿cuál es la voluntad de Dios? ¿Es distinta para cada uno de los hermanos? Nuestras miras son bastante estrechas y miopes. Hay un texto que nos ayudan a precisar cuál es la voluntad de Dios y dónde se manifiesta concretamente: Jn 6, 37-40. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viniere a mí no le echaré fuera; pues he bajado del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que me dio no pierda nada, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y le resucite yo en el último día. Su voluntad es que ninguno se pierda, "que de todo lo que me dio no pierda nada", "que el que crea en el Hijo tenga vida eterna". No es extraño que el "falso yo" particularice excesivamente nuestra salvación. Y la perspectiva que abre esta lectura es mucho mayor. Todo está en función de la salvación del otro, de la unión con Dios. Tus alegrías y tus penas, tu debilidad y tu fortaleza, lo que admiras en ti y lo que no entiendes, lo que cambiarías y aquello en lo que te glorías, todo está en función de una gran misión: que nadie se pierda. El proyecto de Dios es mucho más ambicioso que nuestros planes que han convertido la salvación -en el colmo del egoísmo- en algo muy particular que nada tiene que ver con el resto de los hombres. De la transformación que opere Dios en ti, depende también que seas un instrumento de salvación de parte de Dios para los que te rodean, tus hermanos de comunidad, tu familia, los pobres, etc. Aquellos con los que vivimos no esperan cualquier cosa, esperan encontrarse con el Amor de Dios. ¿Cómo ofrecerles menos? Si en nuestra misión empequeñecemos a Dios, convirtiéndolo en un objeto de consumo para nuestro uso personal, nos empequeñecemos a nosotros mismos. b) Discernir es "vivir en la verdad". Los hombres sufrimos terriblemente cuando no encontramos nuestro sitio en el plan de Dios. Todos, sin excepción, queremos cambiar. Pero, el conflicto surge cuando los cambios que podamos operar se convierten siempre en simples cirugías estéticas que tienen poca profundidad, porque en el fondo creemos que la conversión es dolorosa, exigente, y que es mejor quedarnos como estamos a arriesgar, no sea que salgamos malparados. Y, en el fondo, esto evidencia que dudamos del hermano y se convierte para nosotros en una amenaza. Tenemos una habilidad pasmosa para contarnos mentiras y creerlas, para vivir constantemente en una eterna "mentira existencial", incluso en nuestras comunidades, siendo en ciertas ocasiones eternos desconocidos. La mentira engendra confusión y distorsiona la realidad. Basta que nos acerquemos al Génesis Gn 2, 16 y escuchemos cuál es el mandato de Dios al hombre en el jardín del Edén: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio". Y, ¿cuál es el susurro de la serpiente que manipula la Palabra de Dios?, Gn 3, 1: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?". Eva, al igual que Adán, representa a aquel que falla en el discernimiento y se deja engañar. El discernimiento es para lo que no es evidente o no se presenta como tal; para lo que nos resulta confuso, no claro. Es para aquello que es un "plus" sobre el mero cumplimiento legal. Esto implica un especial olfato del Espíritu. c) Discernir es elegir lo "mejor" para mí. Algunos piensan que el discernimiento es para descubrir lo que hay que "renunciar", "sacrificar comunitariamente". Precisamente es todo lo contrario, el discernimiento es para descubrir qué optamos, no qué renunciamos. De "noes" nadie vive. Yo puedo hacer toda una lista de lo que no quiero ser, pero sólo me define positivamente aquello por lo que opto, aquello que quiero. Dicho todo esto, podríamos decir que el discernimiento es ese ejercicio en el Espíritu por el que la comunidad se esfuerza por conocer la voluntad de Dios ante una situación en la que hay que tomar decisiones. En ese ejercicio se analizan los pros y los contras de una o varias decisiones, cuidando de que en la decisión definitiva no se cuelen intereses narcisistas o análisis y cálculos meramente humanos. Esta operación sirve para las decisiones más elementales. El problema no radica cuando la alternativa de elección es entre dos realidades en las que una es mala y la otra es buena. El drama nos sobreviene cuando estas dos realidades aparentemente son buenas. ¿Qué optar? ¿Qué elegir? El discernimiento espiritual, así entendido, se hace siempre entre cosas buenas en sí mismas. No todo lo bueno, por serlo, ha de ser necesariamente bueno para esta persona y comunidad aquí y ahora. Por eso se trata de buscar lo que es "mejor" para nosotros aquí y ahora porque es el bien que Dios quiere aquí y ahora para nosotros. El matrimonio es fantástico, como lo es la vida religiosa. Por muy noble que fuese ser carmelita, si la voluntad de Dios para mí es el matrimonio y yo me empeño en ser carmelita, me temo que lo pasaré fatal y encima le haré la vida imposible a los que viven conmigo. O, viceversa, si Dios me llama a ser carmelita y yo me empeño en casarme, acabaré también desquiciado por no encontrar el centro, y, a la otra le dará la impresión de estar casada con un sacristán o con S. Alfonso Mª de Ligorio. Desde nuestra espiritualidad carmelita, la voluntad de Dios nos aparece explicitada en un camino muy concreto que llamamos "Vivir en obsequio de Jesucristo" (Regla). 3.- Vemos en la Ratio que todo tiene su eje y su verificación en Jesucristo. El discernimiento es un arte de entenderse con Dios, el arte de conocer a Cristo y de comprenderse con el Señor y lo que recomienda RIVC 14. Está claro que el discernimiento no es una técnica con la cual nos apoderamos del lenguaje de Dios o de su querer. No se trata de una metodología en el sentido de las ciencias modernas, ni un cálculo, ni una lógica deductiva. Una vez acabada la etapa de formación inicial, el siguiente paso es tratar de ver con realismo y sin voluntarismos estériles, allí donde estemos, hacia dónde conviene caminar, hacia dónde nos conduce el Espíritu junto a la comunidad. No se trata de forzar nada, sino de abrirnos pacientemente a lo que nos vaya pidiendo la vida misma y el Espíritu renovador dentro del seguimiento de Jesucristo, con la certeza que Dios conduce la comunidad, aunque al principio la realidad la veamos distorsionada. Dios no desecha nada que a nosotros aparentemente nos parezca inútil. Es el único camino que nos puede llevar a amar a los otros y desembocar en lo que dice RIVC 119, "construir comunidades evangélicas, vivas y dinámicas". Lo que para nosotros es absurdo, lo que cada mañana nosotros desechamos, otros si lo encontrasen lo considerarían un auténtico milagro. Normalmente cada uno lleva, su ritmo, pero en general la tarea de la transformación dura en todos igual: una vida entera. La reconciliación de cada hermano con su historia es clave para el caminar de la comunidad. Un hermano no reconciliado, que no ha entrada en esta etapa inicial del discernimiento en este encuentro amoroso con Dios es el "moscardón" de la comunidad, que no sólo molesta sino que desintegra y fractura la fraternidad. El primer paso para crear fraternidad es discernir quién soy yo, cayendo en la cuenta que hasta lo más insignificante tiene sentido en el plan de Dios. Como una buena empresa de reciclaje Dios tomará los hombres viejos y los transformará en nuevos, pues nos hace ascos y le sirve la materia prima que no aceptamos en nosotros. Discernir, como veremos, no sólo es quedarse con lo bueno, sino saber también integrar lo que no nos gusta. Simplemente, por la razón de que, lo que seguramente para ti es insoportable, para otro sería una bendición. Cuentan que en cierta ocasión un eremita se preguntó de dónde sacaría su sustento y se durmió confiando en Dios. A la mañana siguiente, mientras rezaba en la orilla, vio llegar suspendida en la corriente del agua una manzana roja y fresca. La tomó, la peló, la comió y arrojó las mondaduras en el arroyo cuya corriente arrastró. Lo mismo ocurrió al día siguiente y en los días sucesivos. Todas las mañanas, el arroyo le traía una manzana que comía después de pelarla y arrojar las mondaduras a la corriente. Dios le permitió así vivir sin más preocupación que la de orar. Pero no hay vida por austera que sea, por consagrada totalmente a Dios, que no comporte sus tentaciones. La suya fue de orgullo. Después de más de un año, sólo se alimentaba cada día de una manzana, y esa manzana le era provista por un milagro constantemente renovado. Se preguntó un día si alguien en el mundo podía ganarle en ascetismo y perfección. Quiso comprobarlo. Una mañana, tras comer su manzana, dejó su ermita y bajó arroyo abajo. Al caer el día tuvo la sorpresa de descubrir a otro eremita, instalado como él en la orilla, en un lugar si es posible más desnudo todavía que el suyo. Le preguntó de qué vivía. El otro le respondió que Dios se ocupaba de que cada día unas mondas de manzana le llegaran por la corriente". En lo que nosotros desechamos y no aceptamos otros ven la mano y la presencia de Dios actuando. 4.-Discernir: permanecer en el obsequio de Jesucristo. En la comunidad, pasados los primeros años de vida religiosa, las tentaciones y los engaños se hacen cada vez más refinados. Nos hemos vuelto educados y políticamente correctos en nuestra apariencia externa. El hombre viejo querría con todas sus astucias hacer volver al hombre a la cultura de pecado. Como no lo puede hacer de modo grosero y superficial, porque sería demasiado claro, intenta que la persona, comience a ser discípulo de Cristo pero a la manera del hombre viejo. Comienza aquí una etapa difícil, donde el discernimiento ayuda, ya no a optar por Dios al descubrirnos amados incondicionalmente por Él, sino, a "permanecer fieles a la opción por Dios". El discernimiento no acaba, se convierte en una labor continuada, comunitaria, donde la comunidad pueda reconocer en ella misma y en cada uno de los hermanos lo que es de Cristo y lo que finge serlo. Después de la opción inicial por Cristo y habernos adherido a Él, el enemigo sigue actuando. Si un ladrón quiere entrar en tu casa, como no tiene la llave, lo lógico es que fuerce la cerradura o salte por otro sitio. Pero, aquí está el punto del discernimiento, el enemigo sabe que así no puede entrar porque será descubierto por su misma manera de obrar. Tendrá que ser astuto para que, sin forzar la puerta, se le deje entrar y no sea descubierto. Con una imagen sencilla se entenderá. Imaginad a un muchacho de pueblo de otro tiempo –los de ahora no son así- que iba a llamar a la ventana de su novia por la noche. La llama, ella abre y hablan. Si otro muchacho quisiera que se le abriese la ventana y para ello tratase de forzarla, o gritase, la muchacha se daría cuenta enseguida de que no era su novio y se aseguraría que la ventana estuviese bien cerrada. Pero, si este otro muchacho fuese listo, observaría cómo hace el novio y actuaría de la misma manera. Llamaría como llamó él, trataría de imitar su voz y de decir sus mismas palabras. Entonces sí que existiría el riesgo de que engañase a la joven y le abriese la ventana porque el nuevo pretendiente viene camuflado. Éste es el arte del enemigo: intentar entrar por todos los medios en el alma, en el corazón, de la misma manera como se presentan los pensamientos y los sentimientos inspirados por el Espíritu Santo. Propone pensamientos conforme a la persona: a quien es devoto le inspira pensamientos devotos, a quien es valeroso pensamientos valerosos, a quien es generoso pensamientos generosos, etc. A quien sea muy trabajador el enemigo no le sugerirá un pensamiento de pereza, de encerrarse en casa. El enemigo sabe que no hará caso de esas sugestiones. Más bien le inspirará el pensamiento de ofrecerse para todo, de cavar el solo toda la huerta por la mañana, cocinar, planchar, dar clases, celebrar 3 misas, etc. En cambio, el que tenga un espíritu solitario, silencioso, el enemigo le sugerirá el deseo de encerrarse cada vez más, de poner unas rejas con pinchos de metro y medio en su celda, de hacerse cada vez más y más ascético. La señal más reveladora de que no todo viene del Espíritu es si la mirada se vuelve siempre a nosotros, a nuestra satisfacción. Incluso, podemos ser tentados intencionadamente con tentaciones que podemos vencer fácilmente, para hacernos creer que somos buenos luchadores, que sabemos vencer las dificultades. Se cae así en la trampa de la soberbia espiritual. El arte de la persona espiritual será entonces descubrir los engaños del enemigo para crecer en la vida espiritual en una adhesión cada vez más plena a Cristo, en el modo de pensar, sentir, querer y obrar (cf. Const. 17). Para esta misión nos ayuda grandemente en esta empresa nuestra comunidad. Por algo muy sencillo, nadie elige la propia Iglesia, los propios pastores, la propia comunidad, según el criterio que a uno le apetece. Vivir seriamente la eclesialidad y el carisma carmelita en mi comunidad es el mejor modo de superar los subjetivismos propios. En la comunidad, son los otros las que ayudan a purificar mi mente. Y lo que purifica constantemente es el Amor. En la comunidad convivo, a lo mejor, con el que nunca humanamente hubiera escogido. También es él mi hermano. Ahí está la diferencia entre el amigo y el hermano: los amigo los elijo yo, los hermanos me los envía Dios. Al principio hemos hablado del enamoramiento de Dios como primer paso del discernimiento; las tentaciones hacían todo lo posible para que el hombre no llegase a la experiencia real y total del perdón, de modo que le falte la piedra angular de esta etapa: "la fe". Ahora, en cambio, las tentaciones, tendrán como objetivo hacernos abandonar abiertamente el camino emprendido y volver a ser como antes. El objetivo principal del tentador en la persona espiritual no será agredir la palabra Dios, que es muy elástica y se presta a infinitas manipulaciones, que pueden ir del intelectualismo abstracto al ritualismo más vacío sino agredir la esencia de Dios: el Amor (cf. 1 Jn 4, 8). Dios es comunión del Padre y del Hijo del Espíritu Santo. Este Dios Amor es un Dios Pascual, que ha pasado por la muerte y la resurrección. El "falso yo" hará todo lo posible para no aceptemos este camino de muerte y resurrección de Jesucristo, muerte de nuestro hombre viejo, para llegar nosotros también al Amor. Hemos descrito que es importante ser formado para saber discernir, pero a veces ignoramos qué instrumentos tenemos a nuestro alcance para reconducirnos practicando este ejercicio (cf. RIVC 56; 34).
Salamanca, 8 de Enero de 2003 |