BUSCANDO EL CENTRO

DE NUESTRA COMUNIDAD: ¿CRISTO O EL CONFLICTO?

Mecanismos que favorecen la fraternidad

 

Walter Bonatti, célebre escalador italiano que en el 1954 ascendió por primera vez al K2 -la segunda montaña más alta de la tierra-, en 1958 emprendió otra empresa más arriesgada, el Gasherbrum IV. El coloso tenía 7925 m. Tan sólo 75 m. lo separaban de estar entre los gigantes de 8000. Lo que presumía ser un viaje apasionante fue una experiencia muy amarga que casi le costó la vida. El grupo de escaladores, en medio de una ventisca, continuó su trayecto consciente de haber dejado atrás a Bonatti junto a un porteador, más pendientes de llegar a la cima que de disfrutar de la aventura. A partir de entonces Bonatti descubrió que en toda escalada intervienen tres factores que el explorador no puede olvidar: la historia de la montaña a la que vas a ascender, la belleza de la montaña que vas a contemplar, y la ética que envuelve la subida hasta la cima. Y, como bien apuntó nuestro aventurero, las grandes escaladas no se pueden hacer nunca en solitario. He aquí que toda subida implica historia, estética y ética. ¿Qué atrae a los escaladores a la cordillera del Carmelo si apenas alcanza en su cota más alta 482 m.? En primer lugar revisaremos los peligros a que se ve expuesta la comunidad local, y, posteriormente, nos apoyaremos nuevamente en la RIVC para algunas herramientas, que nos parecen importantes, y de que dispone la comunidad para ascender hasta la cima del Carmelo, concretamente: la eucaristía, la lectio divina y la reunión comunitaria.

1.- Masa, equipo, agregación, asociación y comunidad. Mientras no hay fe, y un centro al cual somos todos impulsados centrípetamente, resulta sumamente difícil hablar de comunidad, lo único que existe es "masa", "grupo", "asociación", "equipo", "solterones que viven juntos", "empresa", etc. Las diferencias entre estos diferentes tipos de asociación vienen determinadas por el nivel de intimidad y encuentro interpersonal que se vive en cada una de estas realidades. Sería lamentable descubrir que al llegar a una comunidad en lugar de recibirte Cristo en medio de ella, te abra las puertas y te dé la bienvenida "el conflicto", "el chisme", "la murmuración", y "la tristeza". Sin ese centro vivo que es Jesucristo, una comunidad acaba por morir. Si el centro activo muere, los cimientos de debilitan y el edificio se viene abajo.

Los hermanos que vivimos en comunidad vivimos en una ambivalencia básica: por un lado, el conocimiento mutuo alcanzado nos acerca; por otro, la constatación de que existen diferencias entre nosotros nos separa y nos intriga, de tal forma que el mismo autoconocimiento es percibido como algo amenazante. El conocer mejor al hermano me facilita aceptarlo tal y como es, ayudarlo; pero, al mismo tiempo, ese mismo conocimiento es un poder que yo adquiero sobre él que me permite atacarlo y herirlo, porque conozco su debilidad. Por eso nos cuesta tanto darnos a conocer en comunidad. Creemos que cuanto más sepan los demás de mí más débil soy, más vulnerable, más fácil de atacar. El "falso yo" piensa que cuanto más me conozcan más certeros y contundentes pueden ser los ataques de los demás y más me harán sufrir. ¡Me temo que andamos equivocados! No se trata aquí de comunicar sólo aquello que nos inquieta y, sublimar hasta tal punto el sufrimiento, que nuestra vida sea sólo un valle de lágrimas. Pero, sí sorprende comprobar que la comunicación de nuestras debilidades y dificultades es para los demás un estímulo mayor que la comunicación de nuestras cualidades y de nuestros éxitos... Descubrir que todos estamos en el mismo barco, que todos tenemos los mismos miedos y el mismo cansancio -a veces, siempre que no se caiga en el derrotismo y el pesimismo-, ayuda a seguir adelante.

El conocimiento mutuo es fundamental para poder hablar de "fraternidad", Por eso, -puede suceder lo contrario- nadie es tan destructivo en la comunidad como aquel que utiliza la intimidad comunicada espontáneamente del hermano como arma arrojadiza. El "falso yo" piensa que cerrándonos al otro, restringiendo la comunicación sobre nosotros mismos, protegemos mejor nuestros flancos débiles de sus posibles ataques. Pero, a la vez, renunciamos al encuentro, hacemos imposible unas relaciones de calidad que nos permitan crecer como personas. Aquí estriba la diferencia de un grupo con una comunidad. La comunidad sabe que Jesucristo los conoce y ha logrado la suficiente madurez como para correr el riesgo de dejarse conocer sin temor. No se trata de que el otro poco a poco, a lo largo de los años, se vaya haciendo una composición o intuya por aproximación quién soy yo, sino más bien, si yo he verbalizado y le he dicho a la comunidad quién soy. A lo mejor piensas: "no hace falta, conozco a fulanito desde hace 25 años, lo conozco como si la hubiese parido, antes de que abra la boca, ya sé lo que está pensando". ¿Ah, sí? ¡Qué listos somos! Es imposible hacer del discernimiento un hábito y elaborar un buen proyecto comunitario, si cada uno no comparte lo que lleva dentro: sus alegrías, lo que espera de la comunidad, lo que le gusta, lo que te hace sufrir, tus miedos, tus dudas, etc. ¿A quién le gustaría llegar al final de sus años siendo un perfecto desconocido entre los suyos? En cualquier caso, debido a las diferencias y a la riqueza de cada persona, es inevitable que en todo grupo se generen tensiones o conflictos.

2.- El conflicto. La comunidad esta hecha de personas, cuyos choques no nos parecen a veces roces de alas de ángeles. Hablar del encuentro de comunión puede ser muy hermoso, pero será siempre ideológico si no integra el conflicto como algo que pertenece a su dinámica misma. Sobre todo cuando se habla desde posiciones de autoridad y de institución, es frecuente apelar al principio de comunión para zanjar las tensiones comunitarias. Pero todo conflicto es engañoso si no se asume. Éste es inevitable en toda vida comunitaria. Es incluso necesario para el crecimiento de la comunidad. Una comunidad que nunca discute, suele ser una comunidad en la que todos hacen la vista gorda porque no quieren follones, o donde los hermanos no se ven durante toda la jornada. Es una condición esencial y previa al proyecto comunitario entender el conflicto como algo positivo y necesario para la salud y el crecimiento de la comunidad. No es que el conflicto en sí sea bueno. Lo es en cuanto nos revela cuáles son las causas de las tensiones y deficiencias que hacen sufrir a la comunidad y que deben ser superadas. Los conflictos, lejos de ser una especie de desgracia inevitable, son los que ponen de manifiesto la riqueza y las potencialidades ocultas de la comunidad. Sin embargo, el conflicto suele ser percibido, a menudo, como una amenaza desintegradora para el grupo. Es una percepción falsa del conflicto. Su resolución es lo que marca la madurez y la calidad de una comunidad.

3.- En este sentido, los desajustes comunitarios nos están indicando por dónde debe avanzar la fraternidad hacia el encuentro de comunión. No deben asustarnos los problemas, lo equivocado es darles tanta importancia que sean el centro de la vida de cada día. Muchos dolores de cabeza vienen normalmente porque nos conocemos muy superficialmente. Porque como dirá S. Juan dela Cruz, nos dejamos llevar sólo por el "gusto" (S 1, 8), es decir, los "prejuicios". "Esto me gusta y lo otro no me gusta" –escuchamos decir-. Sí, pero, ¿le gusta también al otro, a la comunidad?. Sucede a menudo que dos ven a la misma persona y una está convencida que ha visto a un africano y la otra que era un vikingo. Esto sucede -dirá Juan de la Cruz- porque nuestra mente está oscurecida por las pasiones, por los prejuicios, por las ganas y desganas, etc. Porque en el fondo tenemos como dios al "gusto". Aquí no hay ecuación perfecta entre años de convivencia con el hermano y grado de conocimiento del hermano. En el Directorio del P. Brenninger, que sigue teniendo páginas de antología, refleja la diferente percepción que se le daba a la fraternidad. A la que no le dedica mucho espacio. La calidad comunitaria, en general, dependía en gran medida del cumplimiento personal de cada fraile de sus deberes. Una comunidad observante del horario era sinónimo de buena comunidad. Hoy, en cambio, esta percepción ha cambiado y la dimensión relacional de los hermanos parece ser que se ha convertido en el criterio de valoración de la vida comunitaria. Habría que valorar más detenidamente los pros y contras de cada postura. Lo cierto es que en antes y ahora surgían los conflictos. Cuando éste llega surge la pregunta, "quién tiene la culpa de que esto no funcione", cuando más bien debería ser: "¿qué nos está pasando?". Tendríamos que eludir tres tentaciones:

a) Querer ignorar los conflictos echando tierra sobre ellos. Lo que con ello se logra es aumentar la murmuración en la vida de la comunidad, auténtico ácido que corroe la vida fraterna. Con la murmuración aumenta el distanciamiento de las personas y los problemas reales, que a lo mejor son pequeños, se sobredimensionan y se inflan. Pero, además, el conflicto terminará por explotar, y lo hará en el momento más inoportuno y de forma agresiva y destructiva, con lo que se reforzará la conciencia de que el conflicto es una amenaza y que, por tanto, hay que tratar de desviarlo y evitarlo. Si llegamos a este extremo ira aumentando la espiral de tensión. Un conflicto no resuelto provoca que la estrella de la función sea la "lengua" del "falso yo" a través de la murmuración, la maledicencia, vía e-mail, fax o teléfono. Dicen los Padres de la Iglesia que ha matado más una lengua que una espada en mil batallas. Conocemos de sobra el pasaje de St 3. La sabiduría que encierra es elocuente: "Si alguno no cae hablando, ese en un hombre perfecto". "Si ponemos a los caballos frenos en la boca dominamos todo el cuerpo". "Una nave aunque sea azotada por un viento impetuoso, es dirigido por un timón pequeño adonde la voluntad del piloto la quiere conducir. Así, también la lengua que es un miembro pequeño pero que conduce nuestro cuerpo". Él mismo dirá, "toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados por el hombre; en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua"; "es mal turbulento lleno de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres". Podemos estropearlo todo con nuestros comentarios cargados de aparente ingenuidad. ¿Quiénes de los que estamos aquí no hemos elogiado y criticado al mismo tiempo a algún hermano porque ha habido algún conflicto? Seguramente os resulta familiar este comentario: "Fulanito, es buena persona y muy trabajador, voluntarioso, le gusta hacer las cosas bien, es un hombre de oración, (y de repente) PERO... y comienzas a cortar el traje. Detrás del "pero", no hay sólo una oración adversativa, hay un dardo encendido con muy mala castaña. El Beato Marco el Eremita (+ 430 aprox.) recuerda que el que "elogia y critica al mismo tiempo al hermano lo que hace es sufrir de vanidad y de envidia: con los elogios se esfuerza por esconder la envidia y con la crítica se descubre a sí mismo".

b) Abordarlos inadecuadamente. Es decir, guardando unas reglas mínimas que demuestren transparencia. No se pueden resolver en cualquier sitio (tomándome unas copas en un bar), hay que buscar el momento oportuno, entorno a la Palabra que es la que puede iluminar. Hablando con la persona interesada, dejando pasar el tiempo oportuno. Una comunidad honrada, cimentada en Dios, no se forma simplemente por afinidades psicológicas o de cualidades naturales, sino que se reúne en torno a Jesucristo, que convoca a personas de distintas procedencias, estilos, sensibilidades, edades, nacionalidades, para hacer el milagro de la fraternidad. Sucede habitualmente que aquel que ama más el sueño de una comunidad ideal que aquella comunidad a la que pertenece, se convierte en destructor de su comunidad, por más honradas que parezcan sus intenciones. Aceptar es acogerlo positivamente como es, en su irreducible diferencia, con sus limitaciones, a veces incorregibles, como incorregibles resultamos nosotros. Pero, para esto, es preciso acercarse y mirar al otro desde "el principio de la misericordia". La aceptación no se identifica con la simpatía natural. Ésta última no depende de la voluntad de uno ni del otro: viene dada. Ciertos caracteres psicológicos pueden despertar de entrada indiferencia, alejamiento y hasta rechazo.

c) Que el miedo nos bloquee y distorsione la realidad agigantando los problemas. Uno de los principales obstáculos para crecer en medio de los hermanos de la comunidad es el miedo. El miedo es un gigante, un hombre fortísimo llamado Goliat. El libro de Samuel, dice su nombre, se habla de su estatura, luego se describe su yelmo y su coraza, muy pesada. El miedo descrito en el rey y el ejército es irracional (vv. 11.24). Si se considera bien todo el relato el miedo es desproporcionado. Goliat era muy alto, un gigante, pero era imposible que pudiera vencer a todo un ejército. Bastaba sentarse, no perder la calma, acotar bien por dónde se le podía atacar, implorar la ayuda de Dios, que siempre había ayudado, y ponerse manos a la obra. El miedo que hipnotiza a todo el campamento, es injustificado. El pasaje hace ver lo absurdo de tal miedo, porque apenas cae Goliat, todo Israel recobra el ánimo y vence al enemigo. Pero habría podido vencerlo antes si no se hubiese dejado llevar por la irracionalidad. El miedo hace que se agiganten los problemas.

4.- Espacios concretos. En la comunidad hay espacios concretos donde Dios nos ofrece la oportunidad de darnos a conocer a nuestros hermanos y donde la comunidad discierne. Da lástima en ocasiones el desconocimiento que tenemos de aquellos que está viviendo conmigo. Si la Palabra de Dios no es la que preside cualquier acto -por experiencia- salen chispas, es imposible que nadie escuche. La Eucaristía es lugar de encuentro por medio del cual llegamos a ser un solo cuerpo. La reunión comunitaria como espacio para el discernimiento, el diálogo, el intercambio de experiencias, es recomendada encarecidamente por nuestras Constituciones (Const. 31-34) y, nuevamente, por la RIVC. Las tres combinadas ofrecen pueden ofrecer un ritmo que facilite la vida fraterna.

a) Uno de estos espacios es la Eucaristía. No está para demostrar mis dotes de orador (Const. 20; 31ª; Regla 14; Ratio 35), sino que transforma a la comunidad. De individuos en hermanos. ¿Cómo celebramos y vivimos nuestras Eucaristías? ¿Qué compartimos en la Eucaristías? ¿Lo que hemos leído en los comentarios de la lectura del día, lo que aprendiste de pequeño en el catecismo, el resumen del último libro que ha caído en tus manos, dos frases bonitas que le escuchaste decir a no sé quién, lanzamos una catequesis para que otro se convierta? ¿Y tu/mi vida, dónde están nuestras vidas? Hay muchos niveles de información, pero sólo hay un nivel verdadero de comunicación. Desde el nivel cero: aislamiento (cuando la persona o las personas de un grupo se evitan unas a otras porque se rechazan y se ignoran); simple información de tópicos o de frases hechas (buenos días, qué tal el trabajo, ¿sabes el resultado del partido del Barcelona del otro día?; noticia (la información que se refiere a terceras personas. En cambio, se calla de todo aquello que pueda comprometer a los interlocutores. Se habla de todo y de nada. El chiste, el chismorrero, la murmuración se sitúa en este nivel a la comunicación); plano intelectual (es decir, cuando nos comunicamos pero sólo a partir de ideas y poco más). Nuestras homilías muchas veces se quedan sólo en este nivel, comunicamos ideas, doctrinas. Necesitamos ir más allá en nuestras comunidades, a otro nivel. Hay que dar el gran salto a la comunicación desde la fe. ¡Y ojo, moverse en este plano, no significa vivir ajeno a la realidad! En absoluto, es la comunicación más profunda y comprometida porque la fe como una endoscopia se sumerge en nuestra vida y hace que aflore realmente quiénes somos.

¿Cómo celebramos nuestras eucaristías? Algunos hermanos escucho que dicen: "¡No, es que con tanta escasez de sacerdotes, la gente nos necesita y no tenemos tiempo de celebrar la eucaristía juntos!" ¡Sí claro, no lo pongo en duda! Todos tenemos más trabajo del que podemos realizar. La celebración comunitaria conjunta de la Eucaristía nos anima a ir al encuentro de los hermanos con gratuidad y a acogerlos con disponibilidad (cf. Ratio 32). Es la Eucaristía la que forma la comunidad, la que alimenta, la que hace crecer, cura sus heridas, recompone sus divisiones. La Eucaristía con los hermanos es el lugar donde alcanzamos el culmen de la contemplación, no porque tengamos una serie de experiencias espirituales sublimes, sino más bien porque actualizamos el rompimiento con todo lo falso es nosotros para poder presentarnos desnudos ante el Dios vivo y los hermanos que me conocen. El lado opuesto sería idolatrar hasta tal punto la Eucaristía que incluso fuese más importante celebrarla, porque está en el horario, que la misma unión con Dios.

b) La Lectio Divina. La revitalización de la oración con la Palabra de Dios, es otra de las grandes estrategias que se propone en la Ratio para ayudar a la comunidad local (cf. RIVC 32; 33; 36; 89). También lo tenemos recogido en las Constituciones (art. 82) y en la Regla como fuente auténtica de espiritualidad. La Lectio Divina no es un simple método de oración, es una forma de vivir comunitariamente. La Palabra de Dios es espada de doble filo, que disecciona nuestra vida mostrando lo que realmente somos y lo que estamos llamados a ser. La Palabra es la que educa, corrige, exhorta, anima, alienta. Carlos Mesters la describe como la subida a una torre con muchos niveles, desde los cuales puedo contemplar, a medida que voy subiendo, la realidad. Alcanzamos el primer piso por una escalera de tres peldaños: lectura, meditación, oración. En la ventana del primer rellano descansamos y contemplamos el paisaje. Después continuamos subiendo hasta el segundo rellano por otra escalera también de tres peldaños: lectura, meditación, oración. En la ventana del segundo rellano descansamos un poco más y contemplamos, de nuevo el mismo paisaje pero al estar más elevado la perspectiva es distinta. Suscita el deseo de subir más para observarlo mejor. A medida que ascendemos la visión se profundiza, el paisaje se amplía, es más real. Descubrimos no sólo nuestra vida, también la comunidad, nos alcanza la vista para ver la Provincia, la Orden, etc. Descubrimos allí en medio de nuestra vida la historia, de nuestras andanzas. Vamos subiendo, junto con los hermanos, compartiendo ideas, ayudándonos unos a otros, sin dejar a nadie atrás. Pero, es una subida un tanto extraña la que describen la que describe la RIVC da la impresión que el camino hacia la cumbre del Carmelo es una realidad que no hay que buscar en lo alto, o en las alturas (como gráficamente hemos expresado tantas veces), sino en lo hondo, en la hondura. Se trata de un viaje interior, hacia la profundidad, que tiene sus propias reglas. ¿Está presente la Lectio Divina en nuestra comunidad? ¿Compartimos en la collatio lo que la Palabra ha hecho en nosotros? ¿Cómo la hacemos? ¿Por qué no la hacemos juntos?

c) Las reuniones comunitarias. La Regla apuesta fuertemente por la corrección fraterna. Hoy sabemos, en expresión del Papa Juan Pablo II, que "el diálogo es el nuevo nombre de la caridad". La "reunión comunitaria" constituye una herramienta fundamental para consolidar la fraternidad, sin embargo, está en crisis. ¿Por qué? Si las reuniones comunitarias se realizan frecuentemente, según lo fijado en las Constituciones, decía el P. General, esto dará oportunidad a que los miembros de la comunidad puedan airear sus angustias, bajando el nivel de tensión en la casa. Ante la ausencia de reuniones comunitarias regulares, la información circulará, a través de discusiones, y por los pasillos. Además, podría conducir a un estado de apatía dentro de la comunidad; algo que no es nada saludable. Las reuniones no deben ceñirse únicamente a la discusión de asuntos prácticos, también debe ser un lugar de discusión para temas espirituales.

En lo que se refiere a la fraternidad, he escuchado en algún encuentro provincial, y también es mi experiencia, que las reuniones comunitarias a veces quedan reducidas a reuniones logísticas y de organización (hay que pintar pues hay goteras en el pasillo, programar actividades, la cocinera lo hace fatal, etc.). Es importante hablar de los documentos en las reuniones comunitarias, afrontar problemas prácticos que surgen en nuestros apostolados, pero también es vital hablar de cómo estamos, cómo va nuestra vida de fe, qué dificultades tengo, cómo vivo la pobreza, cómo vivo la castidad, cómo vivo la obediencia, qué tal mi relación con los hermanos, qué tal va el apostolado que estoy desarrollando en nombre de la comunidad, por dónde me está llevando Dios durante este último tiempo, etc. Nos hemos convertido en profesionales de la palabra, y a veces entre tanta verborrea cuesta descubrir que alguien dice algo de sí mismo. Podemos hablar mucho de cosas espirituales, pero sólo a nivel de doctrina y teoría. Sospecho que confrontamos muy poco nuestra vida, "nuestro yo" delante de la comunidad y de los hermanos. Esta apertura de los hermanos sanaría la tibieza y la rutina de nuestras comunidades. Podríamos hacer reuniones todas las semanas y no decir nada de nosotros. Creo que es una asignatura pendiente. Sería descorazonador que después de estar viviendo con hermanos durante 10 ó 25 años todavía uno no se haya podido comunicar en estos niveles del corazón. Nuestros conventos no son empresas. El trabajo que es tan vital para que no se desvirtúe la contemplación y la vida de la comunidad, a veces me temo que muy sutilmente, con tanto activismo, se ha convertido en un ídolo, una compensación de otras necesidades humanas que sólo podemos llenar "haciendo" (cf. RIVC 105). Si una pareja no habla entre sí, lo pequeños problemas se harán mayores o cada uno se irá vivir nuevamente a casa de "mamá", en el mejor de los casos. Lo mismo sucede en una comunidad religiosa. La Eucaristía, la Lectio Divina y la Reunión Comunitaria vienen a echarnos un cable y sacarnos del aislamiento.

La RIVC 6 constata que el encuentro con Cristo a través de los hermanos nos transforma. Revestirnos de Cristo y vivir una profunda relación de transformación conformándonos a Él es, pues, el punto central de nuestra formación. Un epitafio hermosísimo de un rabino hispanohebreo rezaba así: "Por cada obra buena que el hombre hace en la tierra, un hilo de luz nace en el cielo. Muchas obras buenas hacen muchos hilos. ¿Para qué? Para hilar y tejer un vestido. Un vestido de luz para dar gloria al Dueño de las obras". La vida del carmelita, es un vestido que se está cosiendo en el cielo con el que revestirnos cuando nos presentemos delante de Dios. Un vestido de resurrección, donde resplandezcan, donde el mundo vea, las huellas de Jesucristo en nosotros. La que mejor conoce el patrón de este vestido es María, Virgen de la Contemplación. Ella es la encargada de ir cosiendo este manto de gracia con el que acoge y protege a sus hijos.

 

Salamanca, 8 de Enero de 2003
D.G.M.